
¡Hasta la Victoria! Sonaba a muy pronto hace casi 70 años.
Apoyé la revolución cubana durante décadas. Creí en la promesa de un socialismo humanista, sin corrupción, capaz de elevar el nivel de vida de un pueblo pobre y abusado por dictaduras, mafias y potencias extranjeras. Soñé con un país que demostrara que la justicia social no tenía por qué ser sinónimo de miseria. Sesenta años después, lo que veo es un experimento agotado, un país empobrecido y una élite atrincherada que administra la escasez mientras sigue hablando en nombre del pueblo.
La promesa que nunca llegó
La revolución se presentó como una ruptura radical con el capitalismo dependiente y mafioso de Batista: tierra para quien la trabaja, salud y educación universales, soberanía nacional y dignidad material para las mayorías. Es innegable que hubo avances importantes en alfabetización, cobertura sanitaria básica y ciertos indicadores sociales, sobre todo en las primeras décadas.
Pero esas conquistas se convirtieron en coartada para justificar todo lo demás: la destrucción del tejido productivo, la criminalización de la iniciativa individual, la ausencia de libertades políticas y la consolidación de un poder que no rinde cuentas. El sacrificio que se pedía como “transitorio” se volvió permanente; la prosperidad prometida nunca llegó, y la revolución terminó siendo un régimen que administra penuria estructural con retórica épica.
El embargo: devastador… y funcional al régimen
Sería deshonesto negar el peso devastador del embargo/bloqueo estadounidense. Durante décadas ha restringido acceso a financiamiento, tecnologías, medicamentos, piezas de repuesto, alimentos y combustible, encareciendo el comercio con terceros países y generando costos adicionales que, en la práctica, paga el ciudadano de a pie. Diversos estudios lo han calificado como una forma de castigo colectivo con impacto directo sobre la salud, el bienestar y las oportunidades de la población cubana.
Es también una política injusta y fracasada: no ha logrado su supuesto objetivo de provocar una transición democrática, pero sí ha aportado un sufrimiento real y acumulado. Sin embargo, sería igualmente deshonesto aceptar el relato del PCC que presenta el embargo como causa única de todos los males. La cúpula gobernante lo ha usado como anillo al dedo: un enemigo externo perfecto al que culpar de apagones, desabasto, inflación y colas, mientras encubre su propia corrupción, ineficiencia y el diseño de un modelo económico pensado para conservar poder, no para generar prosperidad.
GAESA: el Estado dentro del Estado
En el corazón de ese modelo está GAESA, el conglomerado militar-empresarial que controla buena parte del turismo, las tiendas en divisas, los puertos, zonas francas, infraestructura y una franja decisiva del comercio exterior. GAESA opera como un Estado dentro del Estado: maneja las principales fuentes de divisas con opacidad casi total, sin mecanismos reales de rendición de cuentas hacia la ciudadanía.
Mientras el discurso oficial sigue hablando de igualdad y sacrificio compartido, GAESA concentra ingresos en dólares y euros, invierte en hoteles de lujo vacíos y proyectos inmobiliarios, y deja a la economía real —la de los salarios en pesos, las colas y el transporte colapsado— sumida en la escasez. El resultado es una estructura dual: una élite conectada a los circuitos de divisas y un país mayoritario confinado a una moneda devaluada y a mercados racionados.
La trampa monetaria y la economía de castas
La historia reciente de la moneda en Cuba es la historia de una trampa cuidadosamente construida. Durante años coexistieron el peso cubano (CUP) y el peso convertible (CUC), con tipos de cambio múltiples que distorsionaban precios, costos y contabilidad, y favorecían a quienes operaban cerca del Estado y de las empresas militares. La supuesta “unificación” de 2021 prometía racionalidad y transparencia, pero se aplicó con un tipo de cambio artificial, sin respaldo productivo, desatando inflación y hundiendo aún más el poder adquisitivo.
Lo que siguió fue una redolarización de facto: tiendas en MLC (moneda asociada al dólar y a remesas), mercados informales y un abismo entre quienes tienen acceso a divisas y quienes solo cobran en pesos. La igualdad proclamada se convirtió en una economía de castas, ordenada por el acceso a dólares, remesas y conexiones, al tiempo que el gobierno seguía culpando al embargo y a “la guerra económica” por un diseño que él mismo perpetúa.
Profesionales pobres, país vacío
En este contexto, los salarios profesionales son un espejo brutal del fracaso. Incluso tras incrementos nominales en los últimos años, un médico, un docente o un ingeniero suele ganar el equivalente a unas pocas decenas de dólares mensuales cuando se convierten sus ingresos al tipo de cambio real de la calle. Es un ingreso incompatible con el costo de vida básico, y mucho más con el nivel de calificación que se exige.
La consecuencia es una emigración masiva y sostenida de talento. El Estado forma profesionales, los paga mal y luego se beneficia indirectamente de las remesas que esos mismos emigrados envían, o directamente de la exportación de servicios (brigadas médicas, por ejemplo) donde controla la mayor parte del ingreso. La isla se vacía de su capital humano más dinámico, pero la cúpula presenta el éxodo como un fenómeno inevitable y sigue usando la narrativa del bloqueo para no hablar de su responsabilidad.
El sector privado como enemigo tolerado
El tratamiento al sector privado y al autoempleo ilustra la lógica de “tolerancia controlada” del régimen. Se permite lo justo para aliviar la presión social y captar impuestos, pero no lo suficiente para que emerja una burguesía nacional autónoma o un tejido empresarial capaz de disputar poder económico. Las listas de actividades permitidas son restrictivas, los sectores estratégicos permanecen vedados y la inseguridad jurídica es la norma.
Las MIPYMES y los cuentapropistas enfrentan trabas para importar insumos, dependencia de intermediarios estatales, fiscales y tasas que muchas veces son más duras que las que pagan los inversionistas extranjeros en zonas especiales. Las reglas cambian con frecuencia, las inspecciones pueden volverse herramienta de control político y la amenaza de cierre o confiscación siempre está presente. En este entorno, el mensaje de fondo es claro: tu iniciativa es tolerada mientras no cuestione la hegemonía del Estado-partido-militar.
¿Quién se benefició del sacrificio?
Si el pueblo hace colas interminables, si los profesionales emigran, si los salarios no alcanzan y si la economía real vive en crisis permanente, la pregunta inevitable es: ¿quién ganó con seis décadas de sacrificio? La respuesta no está en las mayorías que siguen contando pesos para llegar a fin de mes, sino en una élite militar‑partidista que controla GAESA, accede a divisas, viaja, consume en circuitos cerrados y en muchos casos saca capitales y familias fuera del país.
Mientras tanto, el discurso oficial insiste en que todos están en el mismo barco, amenazado por el bloqueo y por “la mafia de Miami”. La realidad es otra: hay una minoría blindada y una mayoría que carga con el costo de un modelo incapaz de ofrecer bienestar. El embargo, siendo real y dañino, también es un recurso retórico invaluable para esta élite: desplaza la conversación, controla el relato y convierte cualquier crítica interna en “traición” o “servilismo al enemigo”.
Por qué hablar de engaño
Llamar a todo esto “seis décadas de engaño” no es hacerle el juego a la propaganda anti‑cubana más burda ni negar las agresiones externas que el país ha sufrido. Es, precisamente, lo contrario: es negarse a aceptar que la única crítica posible a la revolución venga de la derecha más reaccionaria. Es reclamar el derecho, desde la propia tradición socialista, a señalar que el proyecto que se prometió como liberador terminó consolidando una estructura de poder cerrada, militarizada y profundamente desigual.
Quienes creyeron en un socialismo digno fueron llamados una y otra vez a resistir: resistir la pobreza “provisional”, resistir el bloqueo, resistir los errores “temporales”. Hoy el balance muestra un país exhausto, una generación que se marcha y una cúpula que se niega a ceder espacio. Por eso este texto no es un panfleto contra Cuba, sino un acto mínimo de honestidad: reconocer que la revolución, tal como fue administrada por el PCC y su élite militar‑empresarial, no solo fracasó en sus promesas fundamentales, sino que convirtió ese fracaso en un modo de gobierno, sostenido por un relato heroico que ya no se sostiene frente a la realidad.